Antes de la Psicología Humanística, se trataba a la persona (‘paciente’) como un problema a resolver, como un enfermo que curar. A partir del cambio de paradigma que generó lo que llamamos la Tercera Fuerza de la Psicología, vemos a la persona como un ser en permanente proceso hacia sentirse mejor. Reemplazamos la perspectiva patológica de la ‘curación’ por la perspectiva del crecimiento-aprendizaje.
Todas las personas podemos, en el espacio adecuado, encontrar por nosotras mismas lo que necesitamos para sanar, para potencializarnos, para vivir mejor.
Cambiamos el sistema vertical en el cual una persona ‘autorizada’ nos diagnostica (juzga, interpreta) y nos dice qué hacer para ‘curarnos’, y lo reemplazamos por un sistema más respetuoso en el que una persona, autorizada no sólo por sus conocimientos teóricos, sino sobre todo por su coherencia interna y su proceso personal, es capaz de conectarse empáticamente con otra y acompañarla a vivir una experiencia de autoconocimiento. Para esto la ayuda a llegar al fondo del material nuclear que determina sus elecciones de vida, para cuestionarlo, hacerlo consciente y decidir qué hacer con lo que no le sirve de él.
En este diálogo que favorecemos, de la persona consigo misma, nos apostamos totalmente por la fe en la sabiduría del organismo.
